
by Umpiérrez
Hace pocas semanas escribí un artículo titulado “¡Cuidado! la derecha reaccionaria actúa”, en el que alertaba sobre el peligro que corren los gobiernos nacionalistas y progresistas que han surgido en América Latina en los últimos tiempos.
Lo escribí con motivo de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) celebrada en México, los días 18 y 19 de noviembre pasado, cuya agenda principal fue la de impulsar una línea contra lo que estos elementos consideran una “expansión del socialismo” en América Latina.
La CPAC es la organización ultraderechista más grande del mundo, creada y controlada desde hace medio siglo por la Unión Conservadora Estadounidense, que realiza una o dos reuniones al año y donde más de 100 organizaciones contribuyen con abundante capital.
Pocos escritores utilizaron la categoría de terrorista para definir las élites organizadas de la segunda revolución industrial, entre las que había gerentes y grandes, medianos y pequeños propietarios. Sin ningún análisis crítico, la mayoría de los historiadores de la economía los definen como hombres culturalmente sofisticados, prudentes y testarudos que establecieron y promovieron métodos de gestión modernos en una economía que estaba creciendo a un ritmo vertiginoso.
No cabe duda. Después de todo, es cierto que supervisaron la construcción de fábricas, crearon empleo y brindaron beneficios a sus trabajadores, desarrollaron patentes útiles y marearon a los consumidores con una enorme cantidad de productos. Estos hombres solían dirigir sus negocios y actividades sociales desde la comodidad de oficinas espaciosas, restaurantes lujosos y bares exclusivos.
Los fascistas cumplieron su promesa.
El asalto al Capitolio de Brasilia, que fue pronosticado durante tanto tiempo, finalmente sucedió. Y con refinamientos de gravedad en relación a la inspiración original, el asalto al Congreso de los Estados Unidos, el 6 de enero de 2021.
El 8 de enero de 2023, además de la sede del Congreso Nacional, terroristas de extrema derecha también invadieron y vandalizaron la sede del Poder Judicial. El Palacio de la Alvorada no fue atacado porque el presidente Lula aún no reside allí. Sin embargo, si ya residiera allí, habría corrido el riesgo de ser asesinado.
Lo ocurrido en Brasil es algo inédito en la historia de ese país. Pero, paradójicamente, era algo previsible. Hubo muchas señales de que la derecha radical, neofascista o neonazi, no estaba dispuesta a permitir que se consumara en paz y ordenadamente la asunción de Lula como nuevo presidente del Brasil. Claros indicios de que apostaba a un golpe militar, para lo cual golpeaban la puerta de los cuarteles y acusaban públicamente de cobardes a los militares por no “rescatar al país” de las garras del comunismo y su arma mortal, “la ideología de género”.
Desde sus primeras apariciones públicas, en las tomas de los centros urbanos del poder mestizocrático y, posteriormente, en sus comunicados y formas discursivas durante los diálogos de paz y el proceso de negociación que da lugar a los llamados acuerdos de San Andrés, de febrero de 1996, los mayas zapatistas, pese a su apelativo de liberación nacional, siguen caminos inéditos a los movimientos que con esta orientación estratégica proliferaron por toda América Latina después del triunfo de la revolución cubana, en otro memorable 1º de enero, pero de 1959.