El ataque a las refinerías de Aramco en Abqaiq y Khurais puso a la
guerra de Yemen, escondida hasta entonces de la opinión pública, en las
primeras páginas. Un pobre país con sus infraestructuras destruidas,
bombardeado durante más de cuatro años era capaz de golpear con éxito el
corazón productivo del país más rico y mejor armado de la región. Un
ataque, cuya organización costó unos cientos de miles de dólares,
infligía pérdidas millonarias a sus enemigos desestabilizando el mercado
mundial del petróleo. Los pobres podían derrotar a los ricos. Un dron
cuesta 15 mil dólares, mientras el precio de un misil-antimisil Patriot
que no funcionó es de entre 1 y 6 millones de dólares.
Footprints - Praia do Castelejo, Vila do Bispo, Algarve
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quarta-feira, 2 de outubro de 2019
sábado, 9 de janeiro de 2016
Arabia Saudí, huida hacia delante con decapitaciones
Mientras la Unión Europea y EE.UU. sesteaban tras los festejos
navideños, el 2 de enero Arabia Saudí ejecutó a 47 presos acusados de
“terrorismo”. Estaban distribuidos en 12 prisiones: en ocho fueron
decapitados, en 4 fusilados (ante la falta de verdugos diestros en el
manejo de la espada, una ley de 2013 permite el uso del fusil). Es lo
que difundió la agencia oficial de noticias,
como para acallar las voces que desde primeras horas de la mañana se
preguntaban si, según la costumbre, los reos habrían sido decapitados de
un sablazo en la plaza pública. Hace dos meses la cámara de un turista captó una de esas ejecuciones,
que la legislación saudí prohíbe grabar al tiempo que considera
aleccionadoras, y se hizo viral. En esta ocasión parece haberse buscado
cierta nocturnidad, quizá por temor a la reacción popular ante el
novedoso perfil de los ajusticiados: todos eran saudíes excepto un
egipcio y un chadiano, cuando la proporción venía siendo de ocho
extranjeros por cada saudí ejecutado (por completar la macabra danza de
los números saudíes: en 2014 fueron ejecutados 87 presos; en 2015, con
el nuevo rey Salmán, 153).
Treinta y cinco años de deriva internacionalista wahabí
Hay
que remontarse a 1980 para encontrar un antecedente de ejecución
masiva, cuando tras la toma de la Gran Mezquita de La Meca por un grupo
revolucionario wahabí se ejecutó a 63 de los asaltantes. Aquel suceso
fue el mayor desafío a la Casa de Saúd en toda su historia. Y no venía
del exterior, por más que la Revolución Islámica iraní insuflase ánimos a
todos los islamistas del momento, sino que fueron jóvenes neowahabíes,
crecidos en la abundancia del reino petrolero, los que cuestionaron la
legitimidad islámica del régimen. La monarquía saudí, lejos de
reconsiderar su ideal mesiánico, abundó en su incipiente liderazgo de
una insurgencia sunní en medio mundo. Con frecuencia su acción fue
indirecta, mediante la financiación de centros educativos y
asistenciales, como las madrasas, que llenaban el hueco dejado por los
Estados en descomposición en Asia Central, África y el Mediterráneo.
Pero al mismo tiempo se fue consolidando una intervención abiertamente
armada mediante peones interpuestos. Fruto de ello fueron los
muyahidines afganos, luego la fundación de al-Qaeda y después todo el
conglomerado yihadista cuyos tentáculos hoy se llaman ISIS, Boko Haram o
Frente al-Nusra, por mencionar a los más mediáticos. La connivencia
estadounidense, que conocía y potenciaba la financiación saudí de este
entramado, responsable del 11 S, llegó a escandalizar a la propia Hillary Clinton,
pero el asunto no pasó de un intercambio de recriminaciones entre
agencias estadounidenses al comienzo del primer mandato de Obama.
sábado, 28 de novembro de 2015
Poeta palestino condenado a muerte por un tribunal saudí
Un tribunal de Arabia Saudí condenó a muerte al poeta palestino
Ashraf Fayadh después de haberle acusado de varios delitos relacionados
con la blasfemia.
Fayadh, que según The Guardian, es “una
de las principales figuras del naciente mundo del arte contemporáneo de
Arabia Saudí”, fue detenido por primera vez en agosto de 2013 en un café
de la sureña ciudad de Abha en la que él vive.
Human Rights
Watch, en su declaración de condena al fallo del 17 de noviembre, dijo
que “la policía religiosa llegó al café después de que un hombre
informara de que Fayadh había hecho comentarios obscenos sobre Dios, el
profeta Mahoma y el estado saudí. El hombre también alegó que Fayadh
mostró a los presentes un libro escrito por él que supuestamente
fomentaba el ateísmo y negaba la fe”. Ashraf Fayadh estuvo detenido un
día entero y después fue dejado en libertad.
Acusado de blasfemia
Pero
en enero de 2014 fue detenido otra vez y, según Human Rights Watch,
“acusado de blasfemia contra ‘el ser divino’ y el profeta Mahoma,
difundir el ateísmo entre los jóvenes en lugares públicos, mofarse de
los versículos sobre Dios y los profetas, refutar el Corán, negar el día
de la resurrección, cuestionar el destino y los decretos divinos, y
tener relaciones ilícitas con mujeres y guardar sus fotos en su teléfono
móvil”.
La organización señala que Fayadh rechazó los cargos
durante el juicio, que consistió en seis audiencias realizadas entre
febrero y mayo de 2014. Tres testigos de la defensa también cuestionaron
el testimonio del hombre que denunció a Fayadh a la policía religiosa y
dijeron que él había acudido a las autoridades después de una disputa
personal con el acusado. Ashraf Fayadh contó a The Guardian que la queja se hizo después de una discusión sobre arte contemporáneo con otro artista.
Fayadh
fue declarado culpable y condenado a cuatro años de prisión u 800
latigazos, según Human Rights Watch, pero el tribunal rechazó el pedido
de pena de muerte por parte del fiscal. Cuando el fiscal apeló la
sentencia, esa situación se revirtió. “El caso se trasladó al tribunal
de apelaciones. La sentencia debe ser aprobada por el tribunal de
apelaciones y el Tribunal Supremo, declaró HRW.
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