La primera vez que comprendí que el progreso podía dar marcha atrás y el
calendario dar una vuelta de campana fue en 1989, treinta y un años
atrás, cuando el ayatolá Jomeini condenó a muerte a Salman Rushdie por
haber escrito una novela en la que se burlaba del islam: Los versos satánicos.
El Muro de Berlín estaba a punto de caer, lo que quería decir, entre
otras cosas, que muchos escritores soviéticos censurados o arrinconados
por razones ideológicas iban a encontrarse con la censura mucho más
sutil y efectiva del libre mercado. Lo que parecía completamente
inimaginable, en oriente y occidente, en el orbe comunista y en el
capitalista, era lanzar una orden de exterminio contra un autor con
validez para los cinco continentes, una fatwa que implicaba una recompensa celestial para el asesino y la condena eterna para el hereje.
Footprints - Praia do Castelejo, Vila do Bispo, Algarve
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sábado, 4 de julho de 2020
quarta-feira, 31 de janeiro de 2018
La agonía del periodismo
En Los archivos del Pentágono, la última película de Spielberg,
hay una escena que me emocionó en lo más hondo y que para mí resume la
esencia del periodismo tal y como se entendía el oficio hasta hace unas
décadas. Cuando los redactores han terminado de escribir la noticia que
va a abrir la portada de mañana, cuando los jefazos han discutido hasta
la saciedad si se lanzan o no la piscina, cuando los abogados han
rastreado de arriba abajo la letra pequeña de la orden judicial en busca
de subterfugios, mientras el linotipista calienta los dedos y los
operarios esperan que se enciendan las rotativas, de repente el folio
mecanografiado llega hasta la mesa del corrector de estilo. Entonces, el
tipo se sienta, se cala el sombrero, saca el lápiz, tacha la primera
palabra, añade un matiz a la primera frase, un giro a la segunda y poco a
poco –la calma en mitad de la tormenta– va añadiendo en los márgenes
supresiones, mejoras, alternativas.
segunda-feira, 12 de junho de 2017
"La balsa de la Medusa"
La balsa de la Medusa, 1819, óleo sobre lienzo de Théodore Géricault (Museo del Louvre, París). / Wikipedia
Hay muchas maneras de hablar del último naufragio frente a las costas de Libia, pero la mejor manera de hacerlo es no hablar, es hablar de
otra cosa. Decir, por ejemplo, como ha hecho la mayoría de periódicos e
informativos, que se trata de una de las mayores operaciones de rescate marítimo en el Mediterráneo, con más de catorce embarcaciones implicadas, entre ellas una fragata española,
y más de 2.300 vidas salvadas. Por desgracia, no se trata de una cifra
excepcional: la semana pasada casi 2.900 migrantes fueron rescatados por
guardacostas italianos y libios tras el naufragio de más de una docena
de lanchas neumáticas.
Hablar de los héroes y no de las víctimas,
hablar del coraje admirable de voluntarios y marinos, es una admirable
manera de no hablar de los muertos. Un escamoteo literario semejante al
de nombrar a Libia en lugar de nombrar a Italia, a Francia y a España,
la metonimia fantástica de señalar al Mediterráneo en lugar de señalar a
Europa, la ventaja de decir simplemente “Libia” en lugar de ponerse a
explicar el derrocamiento de Gadafi, promovido desde Occidente por Obama y Sarkozy,
y la interminable guerra civil que ha provocado docenas de miles de
muertos y cientos de miles de desplazados. Enumerar las pateras, las
lanchas y las barquichuelas en vez de enumerar los mercados, las plazas
donde hoy, ahora mismo, en la segunda década del siglo XXI, se están
vendiendo esclavos humanos. Subrayar el color de la piel, el desastre de
origen, las diversas catástrofes circunstanciales, los adjetivos
bélicos, geográficos, médicos y forenses.
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