El movimiento feminista, desde su surgimiento en términos formales en
fines del siglo XIX, es marcado por hechos históricos y simbólicos
importantes. Un proceso de lucha caracterizado por una radicalidad desde
su conformación, en lo cual estuvieron presentes las protestas, las
huelgas de hambre y que también costó –y sigue costando– la vida de
muchas mujeres.
La lucha por el reconocimiento de la existencia
de las mujeres –todas ellas– es el eje central del movimiento, los
avances y las conquistas marcaron puntos de inflexión, lo que también
permitió la apropiación de la identidad feminista. Un logro, muy
probablemente, sin retorno. Más allá de lo reivindicatorio –la lucha por
derechos y por igualdad de oportunidades–, las feministas lograron
producir su propia reflexión crítica y su propia teoría.
La
dinámica con la cual surgen los métodos de intervención y las
formulaciones políticas en el movimiento, hace de los feminismos un
conjunto potente y de difícil contestación. Por ello, muchas veces, las
críticas en contra el movimiento o contra algunas formas más
radicalizadas de intervención político-cultural son superficiales,
objetivando la descalificación en lugar de dar el debate de fondo. La
inserción de los debates feministas en el seno de sociedad genera, como
es esperado de cualquier debate amplio, una serie de polémicas. Sin
embargo, estas discusiones también afloran el carácter heteropatriarcal
en las construcciones de las narrativas hegemónicas.