Footprints - Praia do Castelejo, Vila do Bispo, Algarve
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sábado, 24 de junho de 2017

Lo que hay que prohibir es la arrogancia de EE.UU.

En un contexto de indiferencia casi total, marcada por abierta hostilidad, los representantes de más de cien países de los menos poderosos del mundo están participando en la tercera semana de sesiones de Naciones Unidas con el objetivo de alcanzar una prohibición legal del uso de armas nucleares. Muy poca gente se ha enterado de esto.
¿Prohibir las armas nucleares? ¡Otra vez con eso! Mejor cambiemos de tema.
En su lugar, hablemos de los hackers rusos, de los derechos de los transexuales para usar el baño de su preferencia, e incluso podemos hablar de algo realmente importante, como es el cambio climático.
Pero, espera un momento. El daño a la sociedad y al planeta, ocasionado por el incremento proyectado de unos pocos grados en la temperatura global, aunque comúnmente descripto en términos apocalípticos, sería menor comparado con el resultado de una guerra nuclear total. Adicionalmente, determinar el nivel de responsabilidad del ser humano en el cambio climático ha sido más controversial entre los científicos expertos en el tema de lo que sabe el público, debido al rol de factores como las variaciones solares. Pero el grado de responsabilidad del ser humano en las armas nucleares es indudablemente total. El peligro de la guerra nuclear depende de los humanos, y algunos de esos hombres pueden ser nombrados, como James Byrnes, Harry Truman y el general Leslie Groves. El gobierno de Estados Unidos de manera deliberada ha creado este peligro para la vida humana en la Tierra. Enfrentados a la capacidad evidente y la disposición moral para arrasar con ciudades demostrada por EE.UU., otros países han construido sus propios dispositivos letales disuasivos. Estas armas disuasivas nunca fueron usadas, y por ello, el público se engaña al creer que no hay peligro en el presente.

terça-feira, 7 de março de 2017

En una horrible campaña presidencial el "Estado profundo" muestra su rostro



Como si la campaña estadounidense no hubiera sido lo bastante lamentable aquí tenemos otra, esta vez en Francia.
El sistema francés es muy diferente del sistema estadounidense, con la competencia de varios candidatos y una segunda vuelta, la mayor parte de ellos capaces de expresarse muy bien aún hasta en el abordaje de temas verdaderamente políticos. Los espacios gratuitos en televisión reducen la influencia del dinero. La primera vuelta el 23 de abril determinará quienes serán los dos finalistas en las elecciones del 7 de mayo, lo que posibilita mayores posibilidades electorales que en los EE.UU.
Y pese a la superioridad de su sistema los líderes de nuestra clase política pretenden emular las costumbres del imperio hasta hacerse eco del tema que dominó el show 2016 del otro lado del Atlántico. Los diabólicos rusos la emprenden contra nuestra maravillosa democracia.
El comienzo del sistema estadounidense se inició con las “primarias” que tuvieron lugar en los dos principales partidos gubernamentales que manifiestamente aspiran a convertirse en el equivalente de los Demócratas y los Republicanos en un sistema de dos partidos. El partido de derecha del expresidente Nicolás Sarkozy ya se ha rebautizado. Los Republicanos y los dirigentes del llamado partido socialista están esperando la ocasión de proclamarse los Demócratas. Pero dado cómo van las cosas parece que esta vez ni uno ni otro están seguros de alcanzar sus objetivos.
Dada la falta de popularidad del Gobierno socialista del presidente saliente François Hollande, los Republicanos han sido considerados los favoritos para ganar a Marine Le Pen, a quien todas las encuestas favorecen en la primera vuelta. Ante una perspectiva tan prometedora, la primaria de los Republicanos ha generado más del doble de votantes voluntarios (haciendo una contribución y comprometiéndose con los “valores” del partido para poder votar) que los de los socialistas. Sarkozy fue eliminado pero lo más sorprendente es que también lo fue su favorito, el confiable alcalde de Burdeos Alain Juppé, que bailoteaba a la cabeza en las encuestas y los editoriales de la prensa.