Desde nuestras casas, en cuarentena, en medio de una crisis médica y
social sin precedentes en nuestra reciente historia, asistimos al
enésimo capítulo del Hundimiento Real. Esa serie, financiada con dinero
público, con la que desde hace años nos deleita la familia borbónica.
Esta temporada ha empezado fuerte: la malvada fundación offshore
Lucum ha resultado ser una tapadera donde el monarca emérito Juan
Carlos I atesoraba 100 millones de euros procedentes de supuestas
comisiones ilegales de Arabia Saudí.
Footprints - Praia do Castelejo, Vila do Bispo, Algarve
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quarta-feira, 1 de abril de 2020
quinta-feira, 27 de agosto de 2015
Tsipras abandona Syriza
En Grecia se sigue escribiendo la historia de Europa. Los
acontecimientos se precipitan tras la firma del tercer rescate, que más
que un memorándum es el humillante armisticio de una guerra económica en
la que el pueblo griego sigue siendo la principal víctima. El
presidente del Gobierno Tsipras ha decidido convocar elecciones antes de
realizar el congreso de Syriza imponiendo el acuerdo con la troika sin
un debate a fondo en las filas de su propio partido, como demuestra la
dimisión de Tasos Koronakis, secretario general de Syriza. De esta
forma, Tsipras está propiciando de forma indirecta una de las mayores
victorias de la troika: la ruptura del proyecto de Syriza como la
principal fuerza antiausteridad en Europa.
No siempre los
nuestros o nuestras aciertan. No siempre tenemos que estar conformes con
lo que hagan los amigos. Podemos perder una batalla y tenemos derecho a
equivocarnos, pero no podemos claudicar y aceptar la gestión de un
programa y unas medidas que sólo pueden perjudicar a nuestro pueblo e
imposibilitar a largo plazo la política que defendemos. Como decía
Manolo Monereo en un reciente artículo: “para conseguir que el sujeto
popular sea no sólo vencido, sino derrotado, es necesario cooptar a sus
jefes, a sus dirigentes. Con ello se bloquea la esperanza, se promueve
el pesimismo y se demuestra que, al final, todos son iguales, todos
tienen un precio y que no hay alternativa a lo existente. La
organización planificada de la resignación”. La claudicación de Tsipras
puede generar a corto y medio plazo, en cuanto se empiecen a conocer y
padecer las consecuencias de lo firmado, la desmoralización no sólo del
pueblo griego, al que se le traslada un mensaje de que no se puede, sino
también un pésimo precedente para cualquier otro pueblo que decidiese
desafiar el poder establecido en el marco de esta Unión Europea.
sexta-feira, 31 de julho de 2015
Cuando el objetivo no era salvar Grecia
Desde que el pasado 25 de enero de este año Syriza ganó las elecciones griegas, una esperanza recorrió los pueblos del sur de Europa. No era Syriza. Ni siquiera Grecia. Era la esperanza de empezar a construir una Europa que se pareciera más a esa institución adalid de la defensa de los derechos humanos que nos contaban en el colegio cuando hace ya treinta años ingresamos en la Comunidad Europea.
Reabrir la radiotelevisión pública en el único país europeo que se había quedado sin ese servicio público por culpa de los recortes anteriores. Cerrar los Centros de Internamiento para Extranjeros donde, a lo largo de todo el continente, se violan los derechos humanos más básicos. Auditar la deuda soberana acumulada previamente para determinar su legitimidad e incluso su legalidad. Demasiados puntos discordantes con el actual proyecto liberal europeo. Demasiado arriesgado ese desvío de la senda austericida para servir de ejemplo. Había que cortar de raíz la Primavera Griega antes de que se convirtiese en Primavera Europea.
A la Troika nunca le importó solucionar el problema financiero griego, su único objetivo fue político e ideológico: quebrar a Syriza, tumbar al Gobierno griego, lanzar un mensaje claro al resto de Europa: “no se puede”. Ni en Grecia ni en ningún otro sitio. La Troika nunca quiso negociar un acuerdo con Grecia porque “acordar” implica partir de posiciones distintas para llegar a un “acuerdo”, cediendo cada parte en un proceso libre y dialogante. Poco o nada se ajusta a esa definición lo que está sucediendo en Grecia estos días: chantaje, campaña de miedo e imposición.
No anda tan desatinado el exministro Varoufakis cuando afirma que hoy Europa está diseñando su nuevo Tratado de Versalles. Esto es una guerra, tan vieja como muchas otras, que lleva por nombre lucha de clases y que sigue existiendo por mucho que una parte se niegue a presentarse en el campo de batalla. Por eso el nuevo “memorándum de entendimiento” se parece bastante a un tratado de paz, esos donde una parte humilla a la otra y se queda con lo que aún le faltaba por expoliar. ¿Quién necesita golpes de Estado con “rescates” como este?
El Eurogrupo estaba tan preocupado por gritar a los cuatro vientos su eslogan thatcheriano de “No hay alternativa” que no le ha importado jugar con la urgencia social que viven millones de griegos y poner en peligro la eurozona. Esta oscura e injusta Unión Europea es uno de los principales problemas y peligros para el proyecto europeo, no hay una maquina más potente de generar euroescépticos en este momento que las instituciones europeas y el Eurogrupo. Por ello, hoy por hoy no hay nada más europeísta que oponerse frontalmente a las políticas del Banco Central Europeo, de la Comisión y del Eurogrupo. Pero resulta difícil hacerlo, incluso para quienes lo intentamos a diario desde el Parlamento Europeo, cuando asistimos al permanente juego de los espejos por el cual socialistas, liberales y conservadores se confunden entre sí y los demás Estados miembro se colocan la careta de Merkel o Schäuble. Sintomático del monocolor ideológico de la hegemonía teutona que dos comentarios díscolos de François Hollande para luego volver al redil de Merkel hayan sido percibidos como un movimiento disidente.
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