Sé que no me creeréis. No en este momento, no cuando cada cosa que hace Donald Trump –cualquier tweet, cualquier insulto y cualquier berrinche–
es la noticia del día, prácticamente cada día. Pero él no quiere ser
recordado por ninguna de esas cosas que hoy están en nuestros titulares.
Ningún ser humano, es verdad, ha recibido tanta cobertura mediática
como él, por más abrumador que pueda ser eso. Las noticias sobre él y
sus colegas llenan cada día las portadas de una forma en la que en otros
tiempos solo algo como el asesinato de un presidente lo conseguía, y
tiene a los presentadores de la televisión por cable parloteando de él
como cotorras; algo que jamás había sucedido. Y ni siquiera he dicho
nada sobre las redes sociales y Donald.
Footprints - Praia do Castelejo, Vila do Bispo, Algarve
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segunda-feira, 17 de setembro de 2018
sábado, 9 de junho de 2018
Un Estados Unidos en el que debéis poneros a cubierto
A la promoción 2018. Siempre me han dicho que un buen chiste es la
mejor manera de iniciar una conversación. La cuestión es romper el
hielo, aunque en el día de vuestra graduación, con la temperatura
alrededor de los 30 ºC, es posible que la imagen no sea la más
apropiada. Aun así, ya sabéis qué quiero decir: un intento de aligerar
la atmósfera antes de entrar en lo más fuerte. A pesar de que, una vez
más, en nuestro mundo –por si acaso no os habéis dado cuenta de ello, en
noviembre de 2016, prácticamente la mayoría de los votantes
estadounidenses eligió a Donald Trump como presidente–, alegrar el
ambiente puede pasar por una broma en sí misma (me parece haber oído que
alguien se ríe por ahí atrás).
Es igual, aquí está mi chiste oficial en esta soleada tarde en este hermoso cuadrilátero del parque del campus
Bang, Bang. ¡Estoy muerto!
terça-feira, 13 de fevereiro de 2018
¿Estamos creando un imperio de cementerios?
Hace unos días recordé cuando mi hijo era pequeño. En ese tiempo, él
estaba aterrorizado por los payasos. Algo relacionado con lo extraño de
su cara pintada –como si fuera una máscara– le turbaba completamente, le
estremecía hasta los huesos. Para el resto de la familia, eran cómicos,
pero para él –o de algún modo llegué a imaginarlo– eran emanaciones del
infierno.
segunda-feira, 1 de janeiro de 2018
¿A quién le importa?
Empecemos por el universo todo e internémonos en nuestro mundo. ¿A
quién le importa? A ellos –los extraterrestres–, no; por lo que sabemos,
ellos no están acá. Hasta donde sabemos, en nuestra galaxia y tal vez
en otros sitios más, aparte de nosotros (y el resto de criaturas en este
modestísimo planeta nuestro) no hay existencia humana. Entonces no
contamos con alienígena alguno por ahí que se preocupe por lo que le
pasa a la humanidad. No existen.
Y, por supuesto, en cuanto al
planeta –la Tierra– en sí, no puede preocuparle, no importa qué podamos
hacerle. Y estoy seguro de que para el lector no es una novedad que
cuando se trata de él –y me refiero a él, por supuesto, el
presidente Donald J.Trump, de quien se sabe que tiene un vacío en el
sitio donde en el ser humano normal podría estar la empatía... no le dé
demasiada importancia. Más allá de él mismo, sus negocios y,
posiblemente (solo posiblemente) su familia, es claro que no podríamos
importarle menos ni, para el caso, lo que pueda pasarle a cualquiera de
nosotros una vez que él haya dejado este mundo.
quinta-feira, 26 de outubro de 2017
“Dígame, ¿cómo termina esto?”
Fue necesario que pasaran 14 años, pero ahora tenemos una respuesta.
Era
marzo de 2003, la invasión de Iraq estaba en marcha y el general David
Petraeus comandaba la división 101 aerotransportada en su avance hacia
Bagdad, la capital iraquí. Rick Atkinson, periodista del Washington Post
e historiador militar, le acompañaba. De pronto, después de seis días
de una campaña relámpago, la división se quedó detenida a 48 kilómetros
al sudoeste de la ciudad de Najaf por unas terribles condiciones
climáticas –entre ellas, una enceguecedora tormenta de polvo– y unos
inesperados y “fanáticos” ataques de fuerzas irregulares iraquíes. En
ese momento, Atkinson informó de que, “[Petraeus] metió los pulgares en
el chaleco antibalas y se acomodó los hombros. ‘Dígame cómo termina
esto’, dijo. ‘¿Ocho años y ocho divisiones?’. Se refería a un consejo
dado a la Casa Blanca en los primeros años cincuenta del siglo pasado
por un importante estratega del ejército cuando se le preguntó acerca de
cómo ayudar a las fuerzas francesas que combatían en Vietnam del Sur.
La sonrisa de Petraeus sugería que el comentario era más una graciosa
salida que una aseveración histórica”.
quarta-feira, 13 de setembro de 2017
Los últimos resistentes
James Comey fue despedido. De Sean Spicer solo queda un montón de
cenizas. Anthony Scaramucci se estrelló y se incineró en un instante.
Reince Priebus esperaba una vida regalada pero finalmente fue despedido.
Después de siete meses, Steve Bannon consiguió la vieja destitución y
poco después le siguió su adlátere. A Sebastian Gorka se le enseñó la
puerta de la Casa Blanca sin miramientos. En medio de un aguacero de
posibles conflictos de intereses y escándalos, Carl Icahn se retiró. Se
dice que Gary Cohn ha estado al borde de la renuncia. Así van las cosas
en la administración Trump.
Excepto con los generales. Pensemos
en ellos: son los últimos resistentes. Ellos lo consiguieron. Tomaron
las alturas de Washington y se mantienen allí con una notable gallardía.
Tres de ellos, el consejero de la Seguridad Nacional y teniente general
H.R. McMaster; el secretario de Defensa y general retirado del cuerpo
de marines John Mattis; y el ex jefe del departamento de Seguridad
Interior, en estos momentos jefe de Estado Mayor de la Casa Blanca,
general retirado del cuerpo de marines John Kelly, se mantienen solos
–si se hace excepción de los familiares del propio presidente Donald
Trump– en el pináculo del poder en Washington.
segunda-feira, 17 de julho de 2017
Guerra de insultos en Washington
Yo no tuiteo, sin embargo tengo un breve mensaje para nuestro
presidente: ¿Podría usted, por favor, quitarse de en medio unos minutos?
¡Usted y sus payasos no nos dejan ver este maldito mundo, y este es un
mundo al que deberíamos prestarle atención!
Tal vez el momento
fue, hace algo más de una semana, cuando me descubrí a mí mismo leyendo
un tweet de Donald Trump dirigido a Joe Scarborough y Mika Brzezinski,
de la MSNBC, quienes habían sugerido en Morning Joe que el presidente estuviera “quizás mentalmente incapacitado”.
“Oí
que”, tuiteó el presidente, “el despreciable @Morning Joe habla mal de
mí (no lo miro más). Después la Loca Mika y Psico Joe... vinieron a
Mar-a-Lago cerca de Fin de Año tres noches seguidas e insistieron en
verme. Ella estaba sangrando feo de un lift de cara.¡Les dije que no!”
En
respuesta a la inquietante fascinación de Trump por la sangre femenina,
Brzezinski tuiteó la frase que esta en el dorso de una caja Cherrio:
“Hecha para Manos Pequeñas”, Y ahí empezó todo, varios días de lo mismo,
incluyendo el apresurado anti-ciber de la Primera Dama a su marido
(aunque indirectamente) vía el director de comunicaciones de ella, quien
dijo: “Como declaró públicamente la Primera Dama, cuando su marido
fuese atacado, él devolvería el golpe multiplicado por 10”.
terça-feira, 2 de maio de 2017
La luna de miel de los generales
MOAB parece más el nombre de un reino bíblico, incestuoso y
desgarrado por la guerra, que el de la bomba GBU-43/B Massive Ordnance
Air Blast, apodada “la madre de todas las bombas”. Aun así, concedámosle
crédito a Donald Trump. Solo los bombas real, realmente grandes, ya
sean los artefactos nucleares de Corea del Norte o la MOAB de casi 9.800
kilos, son las que le llaman la atención. Él ni siquiera estuvo
involucrado en la decisión de disparar la mayor bomba no nuclear del
arsenal estadounidense en su primera acción bélica, pero sus queridos
generales –“tenemos los mejores militares de la Tierra”– ya conocen al
hombre para el que trabajan, y para él lo mejor es lo más grande, lo más
llamativo, lo más explosivo y lo más decisivo.
Desde luego fue
impresionante la imagen en blanco y negro del primer lanzamiento de una
MOAB mostrada en Fox News, más que en Afganistán, la que atrajo al
presidente. Cuando él estaba visiblemente encantado por todos esos
atrayentes misiles de crucero Tomahawk –el equivalente de tres bombas
MOAB– zumbando al partir desde la cubierta de los destructores
estadounidenses en el Mediterráneo oriental para –como magníficos fuegos
de artificio– alcanzar un aeródromo sirio, ¿o en realidad era uno
iraquí? “Acabamos de disparar 59 misiles”, dijo el presidente; “todos
ellos dieron en el blanco. Algo prodigioso; ya sabéis, después de volar
cientos de kilómetros, todos dieron en el blanco, asombroso... Es tan
increíble, tan brillante. ¡Genial! Nuestra tecnología, nuestros equipos,
son cinco veces mejores que los de cualquiera.”
segunda-feira, 10 de abril de 2017
Desmovilizar a Estados Unidos
Últimamente, en días sucesivos, vi dos exposiciones en museos que
mostraban algo del perdido mundo estadounidense y parecían
inquietantemente relevantes en la Era Trump. La primera, ‘Hippie
Modernism’ (Modernismo hippie), una exploración en la contracultura de
los sesenta y setenta del pasado siglo (con pósters densos y
psicodélicos), era bastante poco adecuada para el Museo de Arte de
Berkeley. Me sorprendió que la exposición incluyera algunos artilugios
provenientes de un movimiento crucial –para mi visión no demasiado
contracultural– de aquellos años: las enormes manifestaciones contra la
guerra que tomaron la calle a mediados de los sesenta, sacudieron al
país y nunca acabaron de marcharse hasta que, en 1973, las últimas
unidades de combate de Estados Unidos fueron finalmente retiradas de
Vietnam. En la muestra había un póster con la bandera de Estados Unidos
invertida; sus barras estaban representadas por unos fusiles rojos y sus
estrellas eran aviones de combate de color azul; había otro en el que
se veía un soldado estadounidense con el fusil colgando del hombro de
manera poco formal. La leyenda en el póster aún tiene relevancia en una
época en que nuestras eternas guerras continúan regresando a la patria:
“La violencia en el extranjero engendra la violencia en casa”. Amen,
hermano.
segunda-feira, 13 de março de 2017
Rebelion. Los últimos 100 días de Guantánamo
He aquí una breve noticia de nuestra época: el contralmirante Peter Clark es el 16º comandante del tristemente célebre complejo
penitenciario de Estados Unidos en la bahía de Guantánamo, Cuba,
inaugurado en enero de 2002; todo parece indicar que no será el último
en comandarlo. Tal como informó recientemente New York Times, la
administración Trump ya tiene listo el borrador de una orden ejecutiva
que ordenaría al Pentágono que utilice esa prisión para “encarcelar a
sospechosos de pertenecer a ‘al-Qaeda, al Taliban u organizaciones
asociadas, incluyendo a personas y redes relacionadas con el Estado
Islámico (en adelante, Daesh)’”. Se supone que uno de esos
sospechosos de terrorismo, Abu Khaybar, mantenido preso en Yemen por
“otro país” desde el final de la era Bush y asociado desde hace tiempo
con al-Qaeda está entre los primeros posibles nuevos detenidos de
Guantánamo.
segunda-feira, 6 de março de 2017
El arte del "trumpcataclismo"
¡Ha
sido épico! ¡Un elenco de miles! (¿Cientos? ¿Decenas?) Una producción
espectacular que, cinco semanas después de haber aparecido en todas las
pantallas –de todos los tipos conocidos– de Estados Unidos (y
posiblemente del mundo), no muestra señales de parar alguna vez. ¡Qué
éxito ha sido! Ha hecho que la gente vuelva a los periódicos (en la web,
si no en papel) y asegurado que nuestros acompañantes de cada día –los
shows de noticias en la televisión por cable con cobertura las 24 horas
del día durante los siete días de la semana– no les falten la “noticia
de último momento” ni las audiencias. Es un impacto en todo el sentido
de la palabra, tanto en el de éxito total hollywoodense como en el de
accidente de tránsito, un fenómeno de un tipo que nunca habíamos vivido.
Imagine el lector a Nerón tonteando mientras arde Roma y las
cámaras filmándolo todo. De cualquier modo, se ha comprobado que se
trata de una gigantesca filtración. Un grifo abierto, una espita
abierta. Un enorme flujo de noticias que no lo son, de la cuarta parte
de una noticia, de la mitad de una noticia, de noticias enloquecidas, de
noticias engañosas y de noticias reales que han sido exageradas.
segunda-feira, 20 de fevereiro de 2017
Los delitos de la era Trump (un adelanto)
La cosa empezó en junio de 2015 cuando el escalador de la Torre Trump entró en la carrera por la presidencia al son de Rockin’ in the Free World
cantado por Neil Young (Pero hay una señal de alerta en el camino / hay
mucha gente que dice que muertos estaríamos mejor / yo no siento como
Satán, pero estoy con ellos...). En cierto sentido, la sacudida no ha
parado nunca y, en este momento, el mundo –libre o no– ha sido
decididamente sacudido. Nadie, desde Beijing a Ciudad de México, de
Bagdad a Berlín, de Londres a Washington puede negarlo.
Quien hoy
recuerde eso, en esos momentos iniciales de su campaña, ¿había Donald
Trump tomado nota ya del tamaño de su primera multitud (parcialmente
contratada)? (“Por encima de cualquier expectativa. Nunca ha habido una
multitud como esta...”). Y, desde entonces, él ha sido constantemente él
mismo –menos un hombre fuerte que un hombre extrañamente cansado. Y en
el proceso, mientras se convertía en presidente, emergió como un
fenómeno mediático de un tipo que nunca habíamos visto antes.
Primero
fueron esos miles de millones de dólares de propaganda gratuita en los
medios durante la carrera por la nominación en el Partido Republicano
gracias a que lo mostraban sin que importara qué estaba haciendo,
diciendo o tuiteando. Cuando ya en la campaña electoral llegó el momento
de confrontar con Hillary Clinton, Trump ya era la máxima atracción de
la audiencia, y las cámaras y los periodistas se derretían por él;
entonces, la cobertura mediática no hizo más que crecer, como volvió a
hacerlo durante los meses de la transición. Hoy en día, por supuesto, su
presidencia es la historia del segundo –de cada segundo de cada día– y
la cobertura semanal se ha duplicado y sus ‘me gusta’ son únicas en la
historia.
Pensemos en esto como el ciclo de noticias 25/8*. Desde
aquel lejano junio del año pasado hasta ahora, a pesar de que nunca ha
parado, de alguna manera todavía no lo hemos captado del todo. Nunca en
la historia de los medios ha habido algo singular –un ser humano– que
fuera capaz de concentrar la “noticias” de este modo, haciendo de su
persona lo fundamental de toda la información. Solo en algunos periodos
relativamente breves Trump ha desaparecido de los titulares de prensa o
de las pantallas de la TV, por lo general cuando golpeó algún grupo
terrorista islámico o atacó algún “lobo solitario” nacional, como en San
Barnardino, en París o en Orlando; dada la campaña de Trump, estos
acontecimientos han sido del todo funcionales a sus propósitos; no lo
hubiera sido el haberse mantenido en el centro de la atención, como será
durante su presidencia.
sábado, 14 de janeiro de 2017
El verdadero rostro de Washington (y Estados Unidos)
Conócete a ti mismo. Esta frase acudió a mi mente poco después del
triunfo de Donald Trump al observar la sorprendente reacción mía ante el
acontecimiento. Cuando la tan conocida frase apareció en mi cabeza, yo
no tenía idea de que fuera tan antigua, ni que proviniera de Grecia, ni
que –según el escritor griego Pausanias (de quien nada sabía hasta que
leí su nombre en Wikipedia)– en realidad era una máxima délfica labrada
en la piedra del patio delantero del templo de Apolo. Esto podría ser
visto como la triple hélice de mi ignorancia extendiéndose hacia el
pasado hasta... bueno, mi nacimiento en un Estados Unidos muy diferente
hace 72 años.
De tos modos, la cuestión es que yo no sabía de mí
ni la mitad de lo que imaginaba. Puedo agradecer a Donald Trump el que
me recordara esa verdad fundamental. Por supuesto, es imposible que
sepamos nunca qué está rondando dentro de la cabeza de las personas con
que nos cruzamos en este nuestro curioso planeta, pero nosotros ¿somos
unos extraños? Supongo que si ahora mismo estuviera grabando algo en el
patio delantero de mi propio templo délfico, podría ser: ¿Quién me conoce? (Yo no.)
Plantéese
esto el lector como una breve introducción a un misterio con el que
tropecé en las primeras horas del día siguiente al de nuestras recientes
elecciones. Sencillamente, no podía aceptar que Donald Trump hubiese
ganado. No, precisamente él. No, en este país. No; ni en un millón de
años.
Tenga en cuenta que durante la campaña yo había escrito
varias veces sobre Trump, dejando siempre abierta la posibilidad de que,
en el trastornado (y trastornante) Estados Unidos de 2016, él pudiera
ciertamente derrotar a Hillary Clinton. Era una conclusión que dejé de
lado cuando, en las últimas semanas de la campaña, como tantos otros, me
quedé enganchado en las encuestas y los dichos de los expertos que las
comentaban.
quinta-feira, 8 de dezembro de 2016
Estados Unidos, el país más peligroso de la Tierra
Durante décadas, Washington tuvo la costumbre de utilizar la Agencia
Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) para sabotear a
gobiernos del pueblo, ejercidos por el pueblo y para el pueblo que no
eran de su gusto y reemplazarlos con gobiernos sumisos [elija el tipo de
su preferencia: junta militar, shah, autócrata, dictador...] en todo el
planeta. Hubo el tristemente célebre golpe de Estado organizado por la
CIA y los ingleses que en 1953 derribó al gobierno democrático iraní de
Mohammad Mosadegh y en su lugar colocó en el poder al Shah (y a su
policía secreta, la SAVAK). En 1954, hubo el golpe de Estado de la CIA
contra el gobierno de Jacobo Arbenz que instaló a la dictadura militar
de Carlos Castillo Armas; también en 1954, hubo la acción de la CIA para
hacer que Ngo Dinh Diem se hiciera con el mando en Vietnam del Sur; en
1961, hubo la conspiración –CIA-belgas– para asesinar al primer ministro
Patrice Lumumba –el primero de ese país–, que se concretó finalmente en
la dictadura militar de Mobutu Sese Seko; en 1964, hubo el golpe de
Estado realizado por los militares y respaldado por la CIA que derribó
al presidente –elegido democráticamente– João Goulart y entregó el poder
a una junta militar; y, por supuesto, en septiembre de 1973 (el primer
11-S), hubo el golpe de Estado militar, respaldado por Estados Unidos,
que derrocó y asesinó al presidente de Chile, Salvador Allende. Bueno,
el lector ya está haciéndose una idea...
De este modo, en su
calidad de guía de lo que entonces se llamaba “el Mundo Libre”,
Washington ha trabajado sin cesar y a su antojo. A pesar de que esas
operaciones eran llevadas a cabo en forma encubierta, cuando llegaban a
conocerse, los estadounidenses, orgullosos de sus tradiciones
democráticas, generalmente han permanecido imperturbables en relación
con lo que en su nombre la CIA había hecho a las democracias (y a otros
tipos de gobierno) más allá de sus fronteras. Si Washington otorgaba
repetidamente el poder a regímenes de un tipo que los estadounidenses
hubiéramos considerado inaceptables para nosotros mismos, en el contexto
de la Guerra Fría, no se trataba de algo que nos quitara el sueño.
Esas acciones han permanecido como mínimo encubiertas; esto sin duda
muestra que no se trataba de algo que pueda pregonarse con orgullo a la
luz del día. Sin embargo, en los primeros años de este siglo surgió otro
modo de pensar. En la estela de los ataques del 11-S, la expresión
“cambio de régimen” adquirió categoría de normalidad. Como un curso de
acción posible, ya no había nada que debiera ocultarse. En lugar de
ello, la cuestión fue discutida abiertamente y llevada adelante a la luz
plena de la atención mediática.
domingo, 20 de novembro de 2016
El imperio del caos
Con Trump de presidente, ¿se acaba el experimento estadounidense?
Lo único que se puede decir de los imperios es que, en su culminación
–o en las cercanías de ella– siempre representaron tanto un principio de
orden como de dominación. Por lo tanto, he aquí lo desconcertante de la
versión estadounidense de un imperio en los tiempos en que se decía que
este país era “la única superpotencia”, cuando estaba destinando más
dinero a sus fuerzas armadas que el conjunto de las 10 naciones que le
seguían en el mundo en relación con los gastos militares: ha sido un
imperio del caos.
En septiembre de 2002, Amr Moussa, por
entonces secretario general de la Liga Árabe, hizo una advertencia que
nunca he olvidado. La intención de la administración Bush de invadir
Irak y derrocar a su gobernante, Saddam Hussein, ya era del todo
evidente. De dar ese paso, insistía Moussa, se “abrirán las puertas del
infierno”. Su presagio pasó a ser cualquier cosa menos una hipérbole, y
las puertas no volvieron a cerrarse nunca.
Las guerras en casa
De hecho, desde el comienzo de la invasión de Afganistán, en octubre de
2001, todo lo que tocaron las fuerzas armadas de Estados Unidos en
estos años se ha convertido en polvo. Varios países del Gran Oriente
Medio y África se han venido abajo agobiados por el peso de la
intervención estadounidense o la de sus aliados, y los movimientos
terroristas –unos más nefastos que otros– se diseminaron notable e
incontroladamente. En estos momentos, Afganistán es una zona de
desastre; un Yemen, atormentado por la guerra civil, una brutal campaña
de bombardeo aéreo de la fuerza aérea Saudí –respaldada por Estados
Unidos– y las acciones de grupos terroristas cada vez más activos,
prácticamente ha dejado de existir; de Irak lo menos que se puede decir
es que ahora es un país desgarrado por las luchas sectarias; Siria, casi
no existe; en estos días, Libia ya no es una nación; y Somalia es un
agrupamiento de feudos y movimientos terroristas. En conjunto, para la
más poderosa potencia del planeta, que en una actuación muy poco
imperial, haya sido incapaz de imponer su superioridad militar o algún
tipo de orden a cualquier país o grupo –esté donde esté el sitio que
haya elegido para actuar– en todo este tiempo, se trata de todo un
récord. Resulta difícil recordar un antecedente histórico de esto.
Mientras tanto, desde los destrozados territorios del imperio del caos,
fluyen las oleadas de millones de refugiados, algo que no se veía desde
el final de la Segunda Guerra Mundial en vastas porciones de la Tierra
que habían sido convertidas en cascotes. Una sorprendente proporción de
la población –incluyendo muchísimos niños– de varios países fracasados o
a punto de serlo se ha visto obligada al exilio interno o ha sido
forzada a cruzar fronteras para huir y, desde Afganistan hasta el norte
de África o Europa, está sacudiendo el planeta y provocando desasosiego
(mientras, aquí, fantasiosas versiones de fabricación local agitan las
elecciones estadounidenses).
quinta-feira, 26 de maio de 2016
La adicción de Washington a lo militar y las ruinas que todavía habrá
Están las nuevas historias que de verdad le sorprenden y además están
aquellas que usted podría escribir mientras duerme antes de que sucedan.
Permítame que improvise un ejemplo para usted.
“Altos jefes
militares de Estados Unidos y Europa están sopesando distintas opciones
para intensificar la lucha contra el Estado Islámico (en adelante,
Daesh) en Oriente Medio; una de esas opciones es el envío de más tropas
de Estados Unidos a Iraq, Siria y Libia, justamente mientras Washington
confirmaba la segunda baja estadounidense en combate, producida en Iraq
después de varios meses.”
Ehhh... espere... en realidad este fue el principal titular del Washington Times
del 3 de mayo, en una nota de Carlos Muñoz. Aunque, honestamente,
podría haberse escrito en cualquier momento de los últimos meses para
quienquiera que estuviese lo bastante atento, y seguramente será
reutilizable en los próximos meses (con otras cifras de bajas, por
supuesto). La triste verdad es que en todo el Gran Oriente Medio y cada
vez más zonas de África, se podría escribir un párrafo parecido
adelantándose al empleo de unidades de Operaciones Especiales, drones,
asesores, lo que sea, como también podrían ser los lamentables
resultados de hacer movimientos como esos en... [agregue aquí el nombre
del país que a usted le parezca].
Pongámoslo de otra manera; en
un Washington que parece incapaz de hacer cualquier cosa que no sea la
adoración al poder militar de Estados Unidos, la formulación de la
política global se ha convertido en un notable proceso de repetición
mecánica de ‘ante todo lo militar’. Es como si, según se acumulan los
problemas en nuestra vida, miráramos en el armario de las ‘soluciones’ y
lo único que pudiéramos ver es un enorme soldado armado hasta los
dientes y lo soltáramos para que hiciera una tropelía más.
segunda-feira, 4 de janeiro de 2016
Catorce años después del 11-S, la guerra contra el terror realiza todo lo que bin Laden quería que pasara
Han pasado 14 años que parecen increíbles. ¿Realmente los hemos vivido?
¿Estamos viviéndolos todavía?
¿En qué medida es eso improbable?
Catorce años de guerras, intervenciones militares, asesinatos, tortura,
secuestros, localizaciones clandestinas, de crecimiento del estado
nacional de la seguridad de Estados Unidos hasta unas proporciones
monumentales y de la expansión del extremismo islámico en la mayor parte
del Gran Oriente Medio y África. Catorce años de dispendios
astronómicos, infinidad de campañas de bombardeo y una política militar
en el exterior de primera magnitud en la que se repiten las derrotas,
los chascos y los desastres. Catorce años de una cultura del miedo en
Estados Unidos, de interminables alarmas y advertencias, pero también de
funestos presagios de ataques terroristas. Catorce años del entierro de
la democracia estadounidense (o, mejor dicho, de su conversión en
escenario multimillonario y fuente de espectáculo y entretenimiento, que
no de gobierno). Catorce años de propagación del secretismo, de
clasificación de cada documento producido, de feroz persecución de los
denunciantes de conciencia y del impulso cuasi religioso de mantener
“seguros” a los estadounidenses dejándoles en la oscuridad acerca de lo
que está haciendo su gobierno. Catorce años de desmovilización de la
ciudadanía. Catorce años del surgimiento de la corporación guerrera, de
la transformación del conjunto de actividades militares y de espionaje
en unas actividades lucrativas y de la proliferación de innumerables
contratistas privados que trabajan para el Pentágono, la NSA, la CIA y
muchos otros segmentos del estado nacional de la seguridad para asegurar
su funcionamiento. Catorce años de nuestras guerras regresando a casa
en la forma de trastornos de estrés postraumático (PTSD, por sus siglas
en inglés), de militarización de la policía y de expansión en la
“patria” de tecnologías propias de zonas de combate como los drones y
los vehículos UMV. Catorce años de despliegue de todo tipo de vigilancia
y de desarrollo de un sistema planetario de vigilancia cuyo alcance
–desde líderes extranjeros hasta grupos tribales en las zonas más
remotas de la Tierra– dejaría estupefactos a quienes gobernaban los
estados totalitarios del siglo XX. Catorce años de misérrima inversión
en la infraestructura de Estados Unidos y ni siquiera un kilómetro de
tren de alta velocidad construido en algún lugar de este país. Catorce
años en los que se iniciaron las guerras de Afganistán 2.0, de Iraq 2.0 y
3.0 y la de Siria 1.0. Catorce años, eso es, en los que lo improbable
se hizo probable.
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