by Jony Frenchy
Footprints - Praia do Castelejo, Vila do Bispo, Algarve
quarta-feira, 2 de dezembro de 2015
terça-feira, 1 de dezembro de 2015
Peço desculpa ao cidadão Miguel Macedo
Não sei datar (procurando, encontro: lei 20/2013, de 21 de fevereiro,
mas só o escrevo para os adeptos de ninharias) o que permite filmar o
interrogatório dum arguido, nem me apetece saber o que arguido
significa, mas sei o que é um homem ou uma mulher. Eu não sei se havendo
"registo audiovisual", seja lá isso o que for, vai "constar dos autos",
e com isso só fico sabendo, pela linguagem de ranhosos, que vai acabar
mal. Mas mesmo sabendo prossigo. Eu não sei se a divulgação de tais
"registos" está proibida "nos termos do..."
Governo moderado e competente
Ao contrário, julgo fácil de demonstrar que o extremismo resulta da captura do PSD por um conjunto de dirigentes que beberam com inefável ligeireza da vulgata neoliberal e que se comportam com lamentável arrogância.
Indicarei apenas dois exemplos, pelo seu especial impacto na cidade do Porto.
Em 2015, o Governo PSD/PP confiscou, de forma escandalosa, a empresa Águas do Douro e Paiva. Esta tinha sido criada na década de 90, com os municípios a deterem uma posição acionista de 49% (sendo a participação do Porto de 13%).
Quando o imoral se torna banal
Miguel Horta e Costa, administrador da
ESCOM, empresa do Grupo Espírito Santo, esteve na Comissão de Inquérito
ao BES para explicar o seu envolvimento na compra de dois submarinos
pelo Estado Português. Lembro que, à data, tentávamos descobrir o
circuito dos 16 milhões de euros pagos pelo consórcio alemão GSC a
título de comissão à ESCOM. Já a meio da audição, Horta e Costa resolve
explicar o porquê de o dinheiro ter circulado tanto, bem como o
paradeiro de 6 milhões: não foi corrupção, era mesmo só para fugir ao
Fisco, e o dinheiro em falta serviu para pagar aos advogados, bancos de
investimento e assessorias que construíram a operação.
“La idea de que el Estado es la solución está agotada”
Al final de su libro La nueva razón del mundo (2009), Pierre
Dardot y Christian Laval escribían: "Las prácticas de 'comunización' del
saber, de asistencia mutua, de trabajo cooperativo, pueden esbozar otra
razón del mundo. A esta razón alternativa no podría dársele mejor
nombre que éste: la razón del común". En efecto, éste fue el eje central
del libro publicado en 2014, Común, con el que describen otra construcción de la sociedad diferente al neoliberalismo.
¿Podrían señalar los grandes rasgos de lo que ustedes han llamado la sociedad neoliberal?
Christian Laval: En La nueva razón del mundo
describimos una lógica normativa que se llama neoliberalismo y que
tiene dos grandes aspectos. En primer lugar, la difusión de normas de
competencia al conjunto de actividades, de los sectores, de las
prácticas, que son las nuestras, y esto no sólo por la invasión del
mercado o de las grandes empresas, sino por la acción completamente
deliberada del Estado mismo, que promueve por todas partes lógicas de
competencia a través, por ejemplo, de nuevas formas de gestión en los
servicios públicos.
El segundo aspecto es la puesta en práctica
de un modelo de actividad exclusivo, único, que es la empresa. Tenemos
la impresión de que nada puede hacerse en la sociedad que sea por fuera
del modelo de la empresa, evidentemente con todas la dimensiones de
contabilidad, de rentabilidad, y esto llega hasta la transformación de
las relaciones y de la subjetividad, puesto que cada uno es llevado a
identificarse con una empresa o con un capital que debe autovalorizarse.
El neoliberalismo es la racionalidad del capitalismo que penetra en el
conjunto de la sociedad.
Al final de La nueva razón del mundo escriben que la razón liberal está agotada; sin embargo, todo el libro repasa esa nueva racionalidad.
Pierre Dardot:
Son los movimientos mismos los que dicen "no nos representan".
Finalmente hemos entrado a través de las movilizaciones en una fase de
cuestionamiento directo de la lógica representativa que manifiestamente
hoy produce formas oligárquicas de poder.
Lo que ha aparecido
claramente con el neoliberalismo es que las oligarquías tenían dos
caras: la cara económica y la cara política, que estaban completamente
entremezcladas. Entonces, las democracias representativas aparecen cada
vez más como una forma que enmascara cada vez peor una dominación
oligárquica brutal, violenta, bajo la forma de privatizaciones, de
managerializaciones, etc. Las formas de reivindicación y de esperanza
política no tienen la forma antigua del Estado frente al mercado. La
idea de que el Estado sería la solución también está agotada.
Sustos
"Los estadunidenses están mucho más en riesgo de violencia por fanáticos
blancos cristianos armados que por musulmanes", afirmó el comentarista y
profesor de historia Juan Cole, luego de que una clínica de Planned
Parenthood, en Colorado, que, entre otros servicios de salud incluye el
del aborto, fue atacada por un hombre blanco el pasado viernes. En la
imagen, una enfermera de la clínica-Foto Ap
El país más poderoso del planeta, y de la historia, es también el más temeroso e inseguro.
Aquí todo es amenaza, todo es peligro, todos son sospechosos. Y aunque los políticos y los medios suelen repetir que las amenazas provienen de afuera –terroristas islámicos, narcotraficantes colombianos/venezolanos/mexicanos, inmigrantes no blancos–, la amenaza mayor proviene desde muy adentro, y es muy estadunidense, y suele ser muy blanca.
Por ahora, los únicos que han violado la Constitución, las libertades civiles, los derechos fundamentales tan elogiados en cada discurso, en cada partido deportivo, en cada Día de Acción de Gracias, en cada momento patriótico, son políticos estadunidenses.
Como han advertido intelectuales y sabios de gran talla y variedad ideológica, desde Noam Chomsky, Gore Vidal y el economista premio Nobel Joseph Stiglitz hasta el ex presidente Jimmy Carter, entre muchos más, no sólo se ha desvanecido eso que se llamaba república, sino que este país y sus políticas son cada vez más parecidos a una oligarquía.
Y como demostraron Edward Snowden, Chelsea Manning y otros filtradores o denunciantes, el gobierno secreto es más omnipresente de lo que se pensaba, y oye lo que cada uno opina. George Orwell está presente; si estuviera vivo, estaría bajo vigilancia.
Algunos izquierdistas han empleado la palabra fascismo en tantas ocasiones en el pasado que ha perdido su significado y, más bien, ya se entiende como un insulto. ¿Pero a qué extremo está este país que algunos conservadores ahora acusan a uno de sus colegas de fascista? En los últimos días, después de que Donald Trump propuso un registro nacional de musulmanes y acorralar y expulsar a extranjeros, entre otras medidas que analistas, medios y contrincantes han comparado con medidas estilo nazi, algunos de su mismo ámbito político lo denuncian por ser demasiado extremo. "Trump es un fascista", comentó Max Boot, analista en el Consejo de Relaciones Exteriores y asesor del precandidato Marco Rubio. El asesor sobre seguridad nacional de Jeb Bush afirmó que un registro federal obligado de ciudadanos estadunidenses, basado en la identidad religiosa, es fascismo. Punto.
Pero Rubio, Bush, el doctor chiflado Ben Carson y los otros precandidatos republicanos, igual incitan el temor y la inseguridad ante amenazas externas como parte fundamental de sus discursos.
El país más poderoso del planeta, y de la historia, es también el más temeroso e inseguro.
Aquí todo es amenaza, todo es peligro, todos son sospechosos. Y aunque los políticos y los medios suelen repetir que las amenazas provienen de afuera –terroristas islámicos, narcotraficantes colombianos/venezolanos/mexicanos, inmigrantes no blancos–, la amenaza mayor proviene desde muy adentro, y es muy estadunidense, y suele ser muy blanca.
Por ahora, los únicos que han violado la Constitución, las libertades civiles, los derechos fundamentales tan elogiados en cada discurso, en cada partido deportivo, en cada Día de Acción de Gracias, en cada momento patriótico, son políticos estadunidenses.
Como han advertido intelectuales y sabios de gran talla y variedad ideológica, desde Noam Chomsky, Gore Vidal y el economista premio Nobel Joseph Stiglitz hasta el ex presidente Jimmy Carter, entre muchos más, no sólo se ha desvanecido eso que se llamaba república, sino que este país y sus políticas son cada vez más parecidos a una oligarquía.
Y como demostraron Edward Snowden, Chelsea Manning y otros filtradores o denunciantes, el gobierno secreto es más omnipresente de lo que se pensaba, y oye lo que cada uno opina. George Orwell está presente; si estuviera vivo, estaría bajo vigilancia.
Algunos izquierdistas han empleado la palabra fascismo en tantas ocasiones en el pasado que ha perdido su significado y, más bien, ya se entiende como un insulto. ¿Pero a qué extremo está este país que algunos conservadores ahora acusan a uno de sus colegas de fascista? En los últimos días, después de que Donald Trump propuso un registro nacional de musulmanes y acorralar y expulsar a extranjeros, entre otras medidas que analistas, medios y contrincantes han comparado con medidas estilo nazi, algunos de su mismo ámbito político lo denuncian por ser demasiado extremo. "Trump es un fascista", comentó Max Boot, analista en el Consejo de Relaciones Exteriores y asesor del precandidato Marco Rubio. El asesor sobre seguridad nacional de Jeb Bush afirmó que un registro federal obligado de ciudadanos estadunidenses, basado en la identidad religiosa, es fascismo. Punto.
Pero Rubio, Bush, el doctor chiflado Ben Carson y los otros precandidatos republicanos, igual incitan el temor y la inseguridad ante amenazas externas como parte fundamental de sus discursos.
Francia y la maldita guerra del uranio en Malí
La toma con 170 personas como rehenes por parte del grupo de
yihadista Al-Mourabioun, de Al Qaeda, en un hotel en el centro de
Bamako, la capital de Malí -antigua colonia francesa, en la región del
Sahel, en África occidental- y con un saldo trágico de 27 muertos, ha
puesto sobre el tapete las expansiones de células islamistas radicales
en África.
Indudablemente es una consecuencia de la intervención
militar de Francia en Malí hace dos años, noticia que ocupó las primeras
planas de diarios, portales de internet, noticieros de radio y de
televisión en el mundo. Se miró en aquel momento al presidente francés,
Francois Hollande, como el nuevo adalid de la lucha contra el terrorismo
por su cruzada contra de los avances de las células de Al Qaeda en el
Magrebí y el Sahel con la Operación Serval de reconquistar del norte de
Malí.
El mensaje que envió Francia a la Comunidad Internacional
con aquella operación militar que buscó restablecer el orden y la paz en
Malí y demostrar que los franceses son un país que combate el
terrorismo, igual que lo hace ahora después de los atentados en el
Bataclan y otros sitios de la su capital, París. De manera que lo
polémico de su a puesta “humanitaria” de hace dos años fueron sus
intereses económicos y estratégicos que tiene en los territorios
controlados por los separatistas Tuareg y los grupos yihadistas
radicales.
Las pregunta que surgió de la parafernalia de la
guerra francesa en Malí es ¿Cuáles fueron las razones de fondo que tenía
para lanzar unilateralmente, en una intervención militar, en un país
sin salida al mar, con la mayor parte de su territorio desértico, más de
60 % de su población sobreviviendo con menos dos dólares diarios y con
una de las tasas de mortalidad y analfabetismos más altas del mundo?
¿Porque
rechazó las voces que perdieron que se abriera un diálogo, se convocara
a elecciones presidenciales y se negociará con los Tuareg? Es evidente
que Francia no adelantó esta ofensiva militar por simples fines
altruistas de restablecer la democracia y la paz en Malí, ni por
proteger a los ciudadanos franceses en Malí, ni tampoco fue para
proteger los intereses de la UE, sino para defender sus intereses
estratégicos en el Sahel, especialmente los relacionados con el uranio.
Para
Francia la situación de Malí era un problema de seguridad nacional, en
virtud de que su industria nuclear depende en buena parte del uranio que
explota en el Sahel. Y más aún cuando es uno de los países del mundo
con mayor dependencia de la energía nuclear debido a que más del 75 % de
su producción de energía dependen de sus 58 plantas nucleares.
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