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sexta-feira, 17 de julho de 2015

Desengáñate, Yanis: el capitalismo se niega a ser salvado

Amigo Yanis. 

Gracias por el coraje y la constancia con que has tratado de defender hasta el final el honor y el bienestar de tu pueblo y, con él (como muy bien sabían tus adversarios), el de muchos otros pueblos de Europa, no sólo del Sur de este viejo (¿senil?) continente. Por eso y porque no todos tus compañeros de partido (empezando por tu jefe de filas) han tenido el coraje del que tú has hecho gala, has acabado fuera de juego: los buenos ejemplos resultan insoportables para quienes no son capaces de seguirlos. Espero que sobrelleves el abandono de los tuyos con el mismo orgullo con que llevas el odio de los adversarios.
Adversarios que te honran. Porque ¿qué mayor honor que tener por adversario a ese lechuguino con pinta de broker que preside el Eurogrupo, ese holandés aberrante con nombre de flor y consistencia de cardo? ¿O a la banca alemana y su palafrenera ossie, reencarnación teutónica de Margaret Thatcher? ¿O al frustrado aspirante español (casi na) a presidir el Eurogrupo? ¿O a esos “socialistas” alemanes que harían sonrojarse a Bismarck y que una y otra vez, y todas la veces que haga falta, firman y rubrican los créditos de guerra, sea para dar luz verde a los cañones de agosto o a los memorandos de julio?
No debes sentirte frustrado por haber perdido esa guerra, amigo Yanis. A tal señor, tal honor. El estigma de haber vencido contra la razón y la justicia lo arrastrarán para siempre tus vencedores. Y aunque muchos seamos cortos de memoria, siempre habrá quien nos recuerde la infamia cometida por esos lacayos de la codicia. Y nosotros o nuestros hijos celebraremos con regocijo el día de su caída. Día que llegará, no te quepa duda.
Tu única falta ha sido un exceso de generosidad: has querido, como dijiste al principio de este drama, “salvar al capitalismo de sí mismo”. Pues ya ves: no se deja. Es un vehículo al que, si alguna vez los tuvo, se le han suprimido los frenos. No puede parar. Lo pilota una tripulación formada por necios, drogadictos y cobardes. De hecho, la mayoría de ellos posee a la vez todas esas cualidades: ciegos a la realidad del sufrimiento ajeno, adictos a la droga del dinero fácil e incapaces de soportar el más mínimo sufrimiento propio.
Ese vehículo, amigo Yanis, no tiene salvación posible, porque ha rebasado ya hace tiempo, como los aviones en maniobra de despegue, el punto de no retorno. Sólo se detendrá cuando se estrelle. Con nosotros dentro, claro: por eso tantos de nosotros nos ponemos de parte de los pilotos y les rogamos que sigan adelante. Por eso tantos de tus compatriotas (y de los míos) prefieren seguir en la cárcel volante de la Unión Monetaria Europea (ese epítome del capitalismo contemporáneo) antes que saltar fuera de ella sin saber si se les abrirá el paracaídas. El capitalismo, querido Yanis, esa maquinaria de explotación cuyos engranajes explotadores están hechos con la propia carne de los explotados, es, por su propia naturaleza, masoquista.

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